ANATOMÍA DEL DESPRECIO


¿Cómo se sostiene el peso de un corazón que se termina de fragmentar en un solo día, bajo el peso de dos ausencias? 

¿Cómo se ofrece consuelo a otro cuando las propias manos tiemblan intentando recoger los pedazos de uno mismo?

¿Cómo silenciar el eco de palabras que, una vez lanzadas, se vuelven plomo en los oídos?

¿Cómo evitar que la mente siga repitiendo esos episodios una y otra y otra y otra vez?


Un día te marchaste sin aviso previo. Tu cuerpo seguía habitando los mismos espacios, pero tu alma ya le pertenecía a un mapa ajeno.

Muchas noches te lloré anticipadamente y sin saber, luego fue el golpe de tu partida el que marcó el inicio de lo que generó el caos en mi vida. Te convertiste en una sombra intermitente: entrabas y salías de mi vida sin permiso, sembrando alegrías efímeras para cosechar sollozos profundos.


Una vez, me atreví, te invite a entrar y a quedarte por fin, aceptaste sin chistar. Preparé el escenario, contuve el aliento, y solo camuflé con destreza los pómulos encendidos y el rastro de una lágrima traicionera que minutos antes había marcado mi rostro.  Pero la tormenta no llegó de fuera, sino del vacío. Él no apareció. Ella volvió a ser la ilusión que confía en el peso de las promesas, en la importancia de un compromiso que para otros no es más que humo. 

Esa noche me rompieron sin siquiera darme cuenta.

Esa noche yo rompí, por no guardar lo que sentia para después.

Esa noche, el cristal se quebró en silencio.

Esa noche me rompieron por no saber estar.

Fue una ejecución perpetrada con la crueldad de las palabras y, más tarde, con la mirada de quien observa acciones con asco lo que antes decía amar.

Esa noche, hubo mucha crueldad en las acciones, en las palabras, en la mirada de rencor y de asco.

Fue rota por quienes debían ser su puerto. Sus sentimientos fueron puestos en tela de juicio, invalidados como si su dolor fuera una ficción.


¿Cómo plasmar en estas líneas lo que sentí esa noche?

Al recordarlo, el estómago se me contrae y el pecho se cierra en un espasmo agónico. Revivo la imagen estando de rodillas, escuchando el crujir de mi propio centro mientras una risa esquizofrénica —hija de la desesperación— intentaba tapar el sonido del desastre.

"¡No me toques!", "Solo te sirvo para esto", "Solo piensas en tu placer" .

Frases que se clavan como astillas. El tono de fastidio de aquel día, las verdades lanzadas como piedras en medio del enojo, del alcohol o del abandono.

Escribo esto, y la sensación de calosfríos me recorre los huesos.

Su voz, su mirada, sus palabras de esa noche fueron el complemento que faltaba.

Aun recuerdo un día x, y su tono de fastidio cuando dijo... Esto me lo ahorro, porque era algo que me temía, y con los últimos acontecimientos simplemente me ha quedado tan claro.


Ahora solo...

Solo queda el silencio, el deseo de dormir y una pregunta que flota en la oscuridad de la alcoba cada noche: ¿Existirá, en algún lugar de tanta ruina, un amor que sea real?

Mi templo ahora está de luto, no quiere ser ultrajado, la lascivia que existía se ha congelado, bajo el invierno y la desdicha que el verano me ha dejado.


¿Cuanta verdad hay en las palabras de un ebrio?

¿Cuanta verdad hay en las palabras de una persona dolida?

¿Cuanta verdad hay en las palabras de una persona enojada?

¿Cuanta verdad hay en las palabras de una persona que se sintió abandonada en un momento?


Comentarios

Entradas más populares de este blog

BROKEN FLOWER

VORAZ

OCULTAR